LA INDUCACIÓN
Por: Eduardo Elías Lasprilla
Es mucho lo que se ha dicho y escrito, hasta el sol de nuestros días, sobre la Educación y las relaciones sociales no se ven mejorar, un tantico siquiera, sino, todo lo contrario, empeorar, en proporciones demenciales. Y las causas de dicho empeoramiento, se tratan de encontrar, vaya usted a saber, en qué campo del saber y las cosas siguen empeorando, por igual, a nivel mundial inclusive. Se ha hablado de no sé, cuántos tipos de educación darían con la solución y todo ha sido en vano. Pues bien, quiero resaltar aquí los invaluables aportes del doctor Eduardo Lasprilla, a dicho campo; cosa que ha dejado escrita en unas 28 maravillosas obras de su autoría y que, estoy seguro de ello, en la aplicación de sus enseñanzas encontraremos la añorada solución. Él nos habla de la disensualidad semántica, como padre que es de la misma, y de la Inducación, otro de sus grandes aportes, y que, de ello estoy seguro, nos pueden conducir a la liberación que añoramos. Con el manejo que tiene de la transliteración de nuestras lenguas progenitoras, el latín, el griego y el árabe, ha creado una serie de nuevos conceptos, que nos permiten la comprensión del problema y, por ende, de su solución.
Siguiendo sus ejemplos, partimos de la base etimológica de los conceptos clave del complejo entramado, para dar en la diana y salir avante, en nuestros propósitos inducativos. Veamos: Educación deriva de educationis, genitivo latino de educatio. A su vez de E=hacia afuera y ducere=conducir. Es decir que la Educación ha tenido como propósito central el de permitir conducirnos, de la mejor manera posible, y de la piel hacia afuera, en las cosas de nuestros quehaceres diarios y que él ha dado en llamar facticidad. Pero, como él mismo lo sentencia lapidariamente, tomar sólo en cuenta la conducta exterior, olvidando la essidad (la calidad del Ser), término que también acuñó y que deriva del latín esse=ser y haber soslayado al Ser, ubicando en su lugar el hacer, ha sido la causa del desastre educativo. Por el contrario, su inducación se centra en la essidad, subrogando la facticidad. Y si no olvidamos el registro bíblico de que, así como es adentro, es afuera, entonces, la inducación sí nos habrá de prodigar la solución anhelada.
De esta manera, lo que importa no es cómo demonios me comporto afuera, si con ello no coincido con lo que siento adentro. Es decir, que lo contrario es la clave del asunto, que la essidad sea la base de la facticidad. Así entonces, la moral reemplaza a la moralidad; como el moral, al moralista. Y en este nuevo orden de ideas, la veracidad reina soberana sobre la mendacidad y la honestidad, sobre la farsa, configurando al nuevo Ser de la Especie.
Este hombre, en tanto y en cuanto, opere en el mundo en consonancia con la consensualidad semántica de su ordinario lenguaje, no podrá, jamás y nunca, librarse del dolor y el sufrimiento, porque éstos son sus más inmediatos y connaturales correlatos. Es por ello por lo que la tarea debe comenzar por aprender a hablar disensualmente. Cualquier otro recurso terminará, como hasta hoy ha sido la norma, en un total, absoluto y doloroso fracaso. Dura veritas, sed veritas, como él también nos lo dice, en sus múltiples aportes, porque en este mundo terrenal, el sufrimiento es su mayor característica. Pensar lo contrario, no es más que pura y total ilusión, ya que cuando creemos haber alcanzado la felicidad, entonces la muerte nos la arrebata, sin la menor clemencia, porque en este mundo nadie se queda para contar el chiste. Cada uno tiene que aprender esta trama con dolor y sufrimiento. Y aquí no hay excepciones, en absoluto, porque alea jacta est. Eso es lo que nos han dicho todos los Maestros de la Espiritualidad, desde el comienzo de los tiempos. Y si usted no lo cree, permítame citarle a Buda y con ello terminar este mensaje: “Quien no se prepara para enfrentar la enfermedad, la vejez y la muerte, hace de su vida un desperdicio y el sufrimiento que le espera es infinito.”