LA SEMÁNTICA DISENSUAL

Por: Eduardo Elías Lasprilla

La denominé así, por la sencilla razón de que disenso es el antónimo absoluto de consenso. Si consenso deriva del latín cum=con y sensus=sentido, va de suyo que significa estar de acuerdo con el dato sensorial. Pero los sentidos perciben la apariencia de los referentes de la Realidad y desde hace mucho, además, se sabe que lo que parece no es lo que parece. Que el fenómeno se opone a la esencia y lo que es pertenece a ésta y no a la apariencia. En este orden de ideas, el disenso se opone a los sentidos, formando parte de lo inteligible, en tanto que el consenso va de la mano de lo ostensible, asumiendo como verdadero, lo aparente. Disenso deriva de dis=contrario y sensus, que ya definí en líneas precedentes. Por lo tanto, dicho lo anterior, se colige, muy coherentemente, que la semántica disensual se encarga de poner en su sitio los términos con los que caracterizamos la Realidad, para así, no tener que chocar contra ella, sino vivir en consecuencia, porque, querámoslo o no, la Existencia está en nosotros, como macrokosmos, así como nosotros estamos en ella, como microkosmos. Y si lo duda usted, lo remito a las obras de la psicofilosofía perenne, en cuya narrativa lo podrá inferir, sin dificultad alguna, de no ser usted un ideologizado de siete suelas, para quien sólo la tragedia es su único horizonte, culpando de la misma, como siempre, al más idiota que se encuentre en la vecindad.

Precisamente, las ideologías no son otra cosa que creencias sistematizadas y, como tales, son el fruto directo de la credulidad y ya sabemos, desde hace mucho, además, que la credulidad congela el pensamiento y el hombre que no piensa, no habla, sino que parlotea y el parloteo es de naturaleza consensual. Por lo tanto, quien se niega a hablar, vive en las apariencias de los hechos y procesos, chocando contra la Realidad, una y otra vez, sin solución alguna. Y uno de esos estrellones, de mayor negatividad, es la patología y ya Sócrates nos dejó clara la relación entre consensualidad y patología. Cosa que nos permite arribar, por simple lógica formal, a la conclusión de que la disensualidad semántica va de la mano de la salud. Esto amerita mayor explicación, pero ya todo ello lo tengo bien explicitado en mis 28 obras. Por ahora sólo les estoy dando las primeras orientaciones sobre el tema. Ya lo veremos más adelante, cuando el orden de la discursividad nos lo vaya exigiendo.

El lenguaje ordinario, del hombre inferior, es consensual, por naturaleza, toda vez que define los significados de los términos con base en la apariencia. Por el contrario, el lenguaje del ser que ya se elevó al nivel de consciencia psicológicamente humano, es el disensual, ya que los significados de los categoremas que definen la Realidad, se basan en la esencia de los referentes de aquella. De la mano de la apariencia va la falsedad; de la mano de la esencia, la Verdad. Y si el hombre, mayoritario en el mundo, es el infrahumano consensual, va de suyo que la falsedad, la mentira, la farsa y el engaño, son el pan de cada día y en la cima de esta tragedia está la Política, la cloaca por donde fluye gustoso el político, la hez del Planeta.

Con la semántica disensual contamos con la herramienta perfecta para llamar las cosas por sus nombres y así evitar la patología, en la medida de lo posible. Si lo duda usted, reflexione sobre estas palabras de un pensador de connotada nombradía académica, Alfred Korzybski: “Las estructuras semánticas del hombre común, funcionan de manera patológica, porque no llama las cosas por sus nombres, abriendo la mente a la psicosis.”

El problema se agrava por el inconveniente de que el infrahumano se considera humano y como el nivel de consciencia que crea el problema no lo puede resolver, él persiste en el fallido empeño de quererlo solucionar, desubicando el estatus ontológico de los componentes del problema y así fracasa una y otra vez, hasta cuando el inconveniente toca su Ser, adviene la patología y la distanasia ocupa su lugar, poniendo fin a la tragedia.

Queda claro entonces, que la senda a seguir, para nuestro caso, es la de aprender correctamente el español y la tarea comienza por aprender nuestras lenguas progenitoras: latín, griego y árabe, porque el español no es más que el producto de la transliteración de tales idiomas. Cuando nos expresamos en la lengua de Cervantes, estamos hablando latín, griego y árabe, pero lo ignoramos supinamente. Cuando un médico dice: “Tu patología oftalmológica amerita cirugía inmediata,” está hablando griego, pero él no lo sabe, porque patología deriva del griego pathos, que significa afección o dolencia. Oftalmológico deriva de ofthalmós, que significa ojo. Y cirugía deriva de kheirós, genitivo de kheir=mano. Cuando alguien se expresa: “Dura es la ley, pero es la ley,” está hablando latín, pero lo ignora. Lo mismo se dice en latín de esta manera: “Dura lex, sed lex.” Si usted dice: “En la alacena del almacén están las alhajas ,” usted está hablando árabe, pero igualmente lo ignora. Alacena deriva del árabe alhazana=armario; almacén, de almajzan y alhajas de al-hayah=prendas.

La semántica disensual es la clave para comprender la Post-Post-Modernidad, nuestra Era actual, la Era de la Verdad y, por ende, de la teorética. No hay que olvidar que toda praxis, sin teoría es ciega; así como toda teoría, sin teorética, sorda. Las Eras históricas son: la Premodernidad, cuna de la magia y el mito. La Modernidad, nido del cientificismo monológico. La Post-Modernidad, la caverna del teoricismo múltiple. Si le parece muy fuerte mi categorización, juzgue usted a Feyerabend y Popper dos de sus epistemólogos más célebres. El primero esto escribió: “Todas las teorías valen por igual; no importa si son verdaderas o falsas.”  Y el segundo fue categórico al sentenciar: “Las ciencias no nos pueden decir cómo es el mundo, porque tan sólo hacen conjeturas sobre él.” En tanto que la Post-Post-Modernidad es la Era de las ciencias de la complejidad, las que sí nos explican coherentemente, qué diantre es la realidad, qué diablos es la vida y qué demonios es el mundo; de la disensualidad semántica, que nos permite llamar las cosas por sus nombres y así evitar el caos discursivo; del pluralismo lógico integrado y de la teorética, sustentada sobre la base de la psico-filosofía-perenne. Es por ello por lo que, en esta Era, es cuando se han puesto al descubierto una serie de falsedades y errores, que las ciencias monológicas venían repitiendo, con tono celestial y acendrado dogmatismo, al punto de poner a la Razón, por encima de estructuras superiores de consciencia, como las de la sabiduría perenne. En el tomo XIII, de la serie semántica, dedico un capítulo a las inconsecuencias de las ciencias.