LA POST-POST-MODERNIDAD

Por: Eduardo Elías Lasprilla

Esta Era integra lo que la Modernidad separó, de manera absurda, y que, aún hoy, estamos pagando caro sus graves consecuencias. El primer gran error de la Modernidad fue haber separado la filosofía, de la psicología y, más tarde, a ambas, de la Medicina. Y así se inició el camino de las especializaciones, como la supuesta cumbre del saber, sin percatarnos de que se trataba, con ellas, de saber, cada vez más; acerca de, cada vez menos. Así fraccionamos la Realidad, el pensamiento e, inconscientemente, nuestra propia integridad. Y como el lenguaje es el instrumento primario de la tríada gemelar, quedó también alterada su naturaleza. Así entonces, la versión consensual del mismo, pasó al mando, como la única posible, dando origen a todos los desmadres, que hoy conocemos, en la ignorancia del lenguaje disensual, del humano, y del analógico, del místico. Ese desastre no podría ser otro, sino el producto de la arbitrariedad consensual, del hombre inferior. Y como el nivel de consciencia que crea el problema no lo puede resolver, porque es un principio noético inviolable, va de suyo entonces que, sólo la integración semántico-disensual, arbitrada por la teorética post-post-moderna, podía dar con la solución de ese desface moderno, reforzado por la Post-Modernidad. Es por ello por lo que, hoy en día, todo se resuelve a partir de los presupuestos teóricos, derivados de la integración de las bases conceptuales que separó absurdamente la Modernidad y apoyó, de manera necia, la Post-Modernidad.

Nuestra tarea ahora es la reunificación de la filosofía, como la disciplina del origen de los principios, con la psicología, como la disciplina de la aplicación correcta de tales principios. Y la medicina centáurica, como la disciplina que nos permite restaurar la salud, cuando la hemos perdido, al arbitrar la desintegración moderna, por ignorancia o por las razones que fueren. Al fraccionar la Realidad, el hombre fraccionó su discursividad y con ella, se fraccionó a sí mismo, perdiéndose en un mundo de fragmentos conceptuales, alejándose, cada vez más, de sus orígenes y, por ende, de la solución de los problemas que iba, y va creando, a su paso por la vida. Pues bien, esta integración discursiva es la propia de la sabiduría perenne, constituida por la mística, como la narrativa del misticismo, que es la realización contemplativa de Dios, fuente inagotable de la sabiduría absoluta y de la misericordia superlativa.

Y,  por favor, no se me reduzca mi discurso, cuando toco el tema de la mística, a la manera como la consensualidad ya lo hizo, a partir de una supina sinonimia, absurdamente absoluta, ignorando la disensualidad de la simetría y la asimetría de la misma. Me estoy refiriendo justamente al hecho de confundir religión, con religiosidad y, peor aún, con espiritualidad. Y en esto los diccionarios de la Real Academia están en deuda, porque su sinonimia, antonimia y alteronimia carecen de las connotaciones disensuales, alterando la percepción de la Realidad. Así entonces, se pierde de vista el carácter mitológico de la religión, fruto de la Pre-Modernidad tardía. La religión no tiene, en absoluto, nada que ver con Dios; sino con el mito de Dios y Dios no es un mito, sino un ser todopoderoso, al que sólo se puede acceder con la sagrada iniciación en el verbo divino, suministrada por un Maestro Perfecto de la Espiritualidad. Sumando a ésta, debemos articular la dieta vegetariana, el servicio a los necesitados y la meditación diaria. Ésta va, de pocas horas, al inicio, hasta completar días, semanas y meses al final del proceso, cuando el discípulo alcance el nivel del devoto. Sólo entonces, habrá realizado el hombre la misión, para la que vino a este mundo. Es por ello por lo que se habla de los 40 días y 40 noches en los que Jesús meditó en el desierto. Los Maestros del Surat y del Sufismo hacen lo mismo.

La religión caracteriza al hombre inferior o infrahumano de mi esquema referencial, y que va al templo, lee la biblia y realiza rituales míticos. Es credulidad de pura cepa.  La religiosidad es otra cosa; es la comprensión disensual de la mística, seguida de la asunción vivencial de la misma. Es fe y no creencia. La religión es consensual; la religiosidad, disensual y la mística, analógica. Para la comprensión de este entramado, usted amerita de la claridad disensual en su proceso discursivo. Sin ella es un imposible intentarlo. Creencia y fe son dos categoremas, totalmente ajenos el uno del otro. La creencia es el fruto de la credulidad y ésta es la congelación del proceso noético. El hombre que cree dejó de pensar y el hombre que no piensa, dejó de ser hombre. La fe, por su lado, es de naturaleza afectiva y su centro es el corazón. Se piensa con la cabeza, pero se confía con el corazón y la confianza es la fe compartida.

Yo sé a qué me estoy enfrentando con estos escritos, porque el hombre inferior no piensa, no tiene con qué hacerlo. Sólo reacciona, como un animal cualquiera. Ya los Maestros de la Espiritualidad lo han señalado lapidariamente. Ellos conceptúan que un sujeto así deformado, no puede hacer algo diferente de defenderse con los tres venenos: creencias, caprichos y resabios. Pues bien, veamos de qué tratan tales venenos: Creencia es lo que se tiene en la cabeza, sin fundamento alguno, dominando la afectividad del sujeto. Capricho es lo que siente el creyente al defender una creencia. Y resabio es la defensa iracunda, con la que se abroquela el sujeto, para mantener firmes sus creencias y caprichos. Y lo grave de todo esto, es el hecho de que debajo de este proceder está la consensualidad semántica, apoyando dicha conducta. No hay discurso que valga, ante un sujeto así deformado. Sólo el dolor y la tragedia, repetidos sin cesar, pueden modificar su conducta. Creer lo contrario significa ser un ignorante de siete suelas, de cuerpo entero y de los pies a la cabeza. No hay de otra.

Sin claridad semántica, en el contenido, y sin orden sintáctico, en el discurso, no hay comunicación posible. Y cuando esto adviene, el conflicto es el más inmediato resultado. Ya Wilber en esto fue lapidario: “Lo contrario de la comunicación es la guerra.”  Y la Post-Post-Modernidad es la Era que nos puede rescatar del infierno en el que el hombre inferior ha vivido, si es que a esa aberrante existencia se la puede catalogar de vida. Una cosa debe quedar sin atisbo de duda y es la de que las Eras anteriores fueron las Eras de la falsedad; la Post-Post-Modernidad es la Era de la Verdad. Por lo tanto, hay que aprender un nuevo lenguaje, el disensual; una nueva ética, la Moral y mandar al cesto de la basura, la moralidad; poner al patriota, por encima del político; valorar el metamensaje, por encima del mensaje. Y poner en el puesto de mando, para juzgar a los demás y a nosotros mismos, el maravilloso aforismo: “Donde el ejemplo falta, las palabras sobran.”