SEMÁNTICA DISENSUAL Y REALIDAD

Por: Eduardo Elías Lasprilla

El lenguaje constituye el gran desconocido, para la población del mundo, la cual confunde hablar con parlotear. Así entonces, el hombre inferior, o infrahumano, de mi esquema referencial, confunde, en una sinonimia absurda, hablar con parlotear. Hablar deriva del latín fabulari. Y significa pronunciar palabras, semánticamente correctas y sintácticamente ordenadas, capaces de encerrar un contenido, transmisible a un interlocutor válido, para el logro de un fin determinado. Y parlotear, por su lado, deriva del italiano parlottare, que significa pronunciar palabras, irrespetando el orden sintáctico del discurso y la precisión semántica de los términos. El hombre común, que constituye la mayoría del Planeta, confunde hablar, con pronunciar palabras.  Y así, en esa óptica, entonces los loros, los niños y los locos hablan, no siendo así el asunto. Eso, por un lado, por el otro, nos damos de cara contra la consensualidad semántica, del lenguaje ordinario, del hombre inferior. Consensual es lo que está de acuerdo con lo que perciben los sentidos. Disensual, lo que es coherente con el intelecto, al discriminar éste, los datos sensoriales, asumiendo, disensualmente, por supuesto, que el intelecto es el instrumento fundamental de la inteligencia y ésta, la capacidad que tiene el sujeto, para discernir un dato sensorial de otro, en el orden de lo ostensible, por un lado, y, por el otro, operar sobre lo inteligible, con la misma precisión, de tal manera que su accionar en la facticidad, sea coherente con el fluir de su dinámica interna, la que yo he dado en llamar, disensualmente, por supuesto, con el categorema essidad.

Como lo estamos viendo, hablar entonces no es tarea de ignorantes, sino de sujetos que conocen la disensualidad semántica y el orden lógico del lenguaje. Es por ello, por lo que le he dado la razón a Antístenes, cuando escribió: “Toda nueva enseñanza debe comenzar por el estudio del lenguaje.” No le quepa a usted la menor duda al respecto. Lo grave de todo esto, es que todo el mundo se considera hablante, por el sólo hecho de pronunciar palabras. Y si esto le parece, cosa de poca monta, permítame citarle a Albert Camus, quien, con agudeza intelectiva envidiable, sentenció: “Todas las tragedias del hombre, se las debe únicamente, a no haber aprendido a hablar.”  Y si a estas palabras, les sumamos las de Sócrates, la cosa se torna más catastrófica todavía. Juzgue usted, por su cuenta y riesgo: “El mal uso del lenguaje, induce la maldad en el alma y la enfermedad, en el cuerpo.”

Estas enseñanzas, sumadas a otras, de igual o mayor importancia, me llevaron, con el paso de los años, al descubrimiento de la semántica disensual, la tercera semántica, en la historia de la lingüística, después de la clásica, de Bréal y la general, de korzybski. Para su divulgación he escrito ya 15 tomos, los que recomiendo leer en el orden de su publicación. Al pasar por el racero de la ontología disensual del lenguaje, otros campos del saber, me fue apareciendo una nueva realidad y ello me llevó a un segundo descubrimiento, el de la Identicopatía, la tercera Medicina centáurica en la historia de este planeta, cuya constancia la he dejado en otros 12 tomos.

En este orden de ideas, en el que el lenguaje debe ser rescatado de la ignorancia de sedicentes intelectuales, quiero citar a J. S. Mill, quien a la letra dijo: “El lenguaje es la herramienta más importante del pensar y toda imperfección en esta herramienta y en su uso, impide, confundiendo, el ejercicio del pensar.”  Y si, por si acaso, esto aún no lo convence, entonces, ahí le espeto esta cita del padre de la fenomenología, Edmund Husserl, que encierra una profundidad que amerita respeto y admiración, de parte de quien sienta amor por la Verdad. Esto escribió el escritor alemán: “El lenguaje representa un instrumento imperfecto para la investigación rigurosa. En consecuencia, todo investigador serio debe ser muy precavido, en el uso del mismo.” Obviamente, el lenguaje, al que se refiere el pensador tudesco, es el consensual del infrahumano. Pero es algo excusable en él, por no haber conocido, por medición histórica, la semántica disensual. Esto nos deja fuera de toda duda, que un docente debe ser el mejor ejemplo lingüístico, para su discípulo. Desde esta óptica, es muy fácil percibir las inconsecuencias de la biología, las matemáticas, la bioquímica, etc., por un lado, y las atrocidades de la iatrogenia alopática, por el otro, como también las aberraciones en el campo de la Política, la pocilga más asquerosa en la que pervive el infrahumano de la peor laya. No olvidemos jamás que donde el ejemplo falta, las palabras sobran. Y a estos calandrajos, sí que le sobran las palabras.

Lenguaje, pensamiento y Realidad conforman una tríada gemelar, en la que la suerte, de cada factor, depende de la de los otros dos, por cuanto se cocrean de manera simultánea y constante. Ello significa que, tal el lenguaje, así el pensamiento; tal el pensamiento, así la Realidad. Y como el lenguaje es el primer componente, ya que no hay pensamiento sin lenguaje, porque éste constituye la interfaz entre pensamiento y Realidad. No hay de otra, o aprendemos a hablar y sabremos pensar o seguiremos parloteando, creando, cada vez más, galimatías y anacolutos, y con ellos, los problemas y tragedias de una vida mal concebida. El problema se agiganta, en proporciones superlativas, porque justamente quienes detentan el poder político son los infrahumanos y su lenguaje es total y absolutamente consensual. Con la disensualidad semántica no hay lugar para la falsedad y el engaño y, por ende, para la Política. La consensualidad semántica del lenguaje ordinario es la matriz de la farsa. Fue por ello por lo que Parménides, el sabio griego, se expresó de esta manera: “La guerra es el arte de matar a los hombres; la Política, el de engañarlos.” Y si, por ventura, usted todavía no se convence, permítame citarle a Maquiavelo, un filósofo de la Política: “Si un político desea ser exitoso en su carrera, debe ser astuto como un zorro; fiero como un león y corrupto como ningún otro.”

Siguiendo a Sócrates, percibimos los orígenes semánticos de la patología; cosa que ignoran los médicos alópatas. Siguiendo a Maquiavelo, comprendemos las aberraciones de los políticos y no nos llamamos a engaño alguno, con tales Sardanápalos. Siguiendo a Camus, nos evitamos las tragedias, aprendiendo a hablar. Y siguiendo a Mill y a Husserl, aprendemos a pensar y así, ordenar nuestras vidas, para una mejor realización de nuestros  propósitos.